La niñez en conflicto con la sociedad.

 La niñez en conflicto con la sociedad.

Autor: Lic. Jaime Noé Villalta Umaña//Docente/Abogado y Notario

Este artículo fue publicado en monografias.com, plataforma que ha sido cerrada de manera definitiva. Probablemente las reflexiones planteadas no se ajusten al momento en que vivimos. 

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La búsqueda de alternativas que alivien los grandes problemas que vive la sociedad, ha enfrascado a la humanidad en innumerables investigaciones; por ejemplo, se han realizado estudios referidos a las causas que originan la delincuencia.

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”; dijo, Pitágoras. Palabras en las que se está de acuerdo, sin importar la preparación académica, el cargo público que se ostente, la posición que se ocupe en la sociedad o en el gobierno.

La infracción a la ley y las buenas costumbres es un problema que abate a las personas en toda época y latitud.

El anhelo de vivir en paz se desvanece, cuando a diario miles de personas lloran a sus seres queridos, que pierden la vida por una u otra circunstancia relacionada con la actividad delincuencial. Todos claman por soluciones; pero, ¿dónde encontrar la respuesta a sus peticiones?

Hace más de dos mil años, el hombre más importante de todos los tiempos, cuyas enseñanzas jamás han perdido vigencia, se encontraba entre la multitud, cuando de pronto, un grupo de niños corrió hacia él. Sus discípulos trataron de impedirlo, por lo que intervino, diciendo:

“Dejad que los niños vengan a mí; porque de los que son como ellos, es el Reino de los Cielos”.

Sí, para el divino maestro el ser niño lleva imbíbita la llave que abre las puertas del cielo. Las personas asocian el cielo con felicidad y paz, pero por otra parte, también le interpretan como un gobierno. Así las cosas, la palabra cielo puede tener diferentes interpretaciones. No se trata en este ensayo de profundizar en aspectos teológicos, sino de presentar un conjunto de comentarios relacionados con el ser niño.

Nadie quiere dejar de ser un niño. Sin embargo, en la negación del ser, indubitablemente se llega a la etapa del no ser niño; es decir, el ser adulto.

Todos recordamos con nostalgia los años en que la vida transcurría sin mayor preocupación. Cuando los días largos o cortos pasaban desapercibidos. Cuando el ruido del trueno y la caída de la lluvia causaba entre fascinación y angustia, y a lo mejor se corría furtivamente a esconderse del relámpago. Cuando chapotear agua después de la lluvia o jugar con barquitos de papel constituía un verdadero encanto. Cuando no preocupaba el alimento, la ropa o el juguete. Cuando la vida fluía libremente, así como el río corre sin importar lo que deja o le espera. Cuando el ayer, el hoy y el futuro se vivían en forma simultánea; cuando no importaba el tiempo. Cuando el juego y la fantasía formaban parte integral del ser. Cuando no se veían los trapos que cubren el cuerpo; cuando la vanidad y la lujuria eran desconocidas. Cuando no importaba que cargar en los bolsillos o si éstos estaban vacíos.

Quien no quiere volver a tener ese espíritu aventurero de niño. Buscar la verdad; asimilar el entorno por los poros de la piel; liberar energía desde al amanecer; robar la tristeza con una sonrisa.

Esa carita chorreada; esos pies descalzos; barriguitas descubiertas; cabellos sueltos y maltratados cayendo en la frente o cubriendo la cara. Sí, eso es un niño, alguien a quien no le interesa quedar bien con los demás, porque simplemente vive; porque no le importa el que dirán; porque su sueño no se ve interrumpido por el odio, por el rencor, por la avaricia o el deseo de venganza.

Un niño vive en paz porque ama y aunque no entienda lo que significa perdonar, él siempre perdona. No le interesa el concepto, mucho menos la definición. Un niño es afecto, ternura, servicio. Un niño da sin esperar nada a cambio. Y en su ser, está la condición sine qua non para resolver los conflictos de la sociedad presente y futura.

Privilegiados aquellos que han dedicado parte de su vida a los niños. Si se está junto a ellos no hay tristeza, dolor o sufrimiento. En el inmenso océano de la lealtad de un niño las preocupaciones se desvanecen.

Convivir con un niño es la experiencia más linda, estimulante, gratificante y enriquecedora. Es inimaginable todo lo que puede aprenderse de ellos. Son un libro, enciclopedia o como quiera llamárseles; no importa como. Sólo se trata de observarlos.

Cualquier adulto puede cometer el error de juzgarlos equivocadamente. El conjunto de normas y patrones culturales que forman parte del bagaje de conocimientos que le es propio a una persona supuestamente educada y culturizada, hacen caer en la tentación de calificar a un niño. Así por ejemplo, se dice que un niño es torpe, desobediente, irrespetuoso, haragán, irresponsable; en fin, muchos otros que le estigmatizan y le convierten a la postre, en un resentido social; en un ser cuya estima se ve profundamente perturbada por los motes perjudiciales que se le adjudican.

He dedicado mi vida a la más bella profesión social, y aún continúo cometiendo el error de enjuiciar e injuriar a los niños. En la búsqueda de educar, se comete el error de destruir la esencia del ser niño.

Un ser niño evaluado por un adulto. Parece sencillo, pero no lo es. Para evaluar a un niño, se necesita ser niño. El grave error es querer que un niño deje de serlo y se convierta en niño adulto. Debe ser todo lo contrario. El adulto debe vivir como niño entre los niños.

La instrucción del adulto se centra en no hacer; en desaprobar las acciones realizadas por el niño que busca conocer la realidad, palpando, acariciando, introduciendo las manos en uno y otro lugar; llevándose objetos a la boca, destruyendo su juguete para investigar su estructura interna; en fin cuantos otros se pueden citar. Curiosamente el adulto dice: eso no se hace, tampoco eso, ni lo otro, mucho menos aquello. Llega un momento en que la mente infantil tropieza con una paradoja, sobre todo cuando el adulto no predica con el ejemplo. Si  un niño hace algo considerado inconveniente por el adulto, lo prudente es que se le oriente a hacer algo diferente. El cambio de actividad reduce de manera progresiva la realización de la acción que puede perjudicar la salud o dañar objetos de valor que se encuentran en el hogar, que muchas veces los padres dejan a su alcance. Esto último es como decirle a un diabético que no consuma alimentos ricos en azúcares, pero le regalamos un pastel o chocolates.

Orientar para el no hacer, impide el desarrollo de las facultades mentales, lo mismo que la adquisición de habilidades y destrezas, tan necesarias en el cotidiano vivir. Se genera inseguridad, falta de confianza y otros que inhiben la conducta considerada aceptable por la sociedad.

Vemos adultos jóvenes que carecen de iniciativa, de creatividad, incapaces de tomar decisiones. La génesis de su comportamiento se encuentra en la forma en que fue orientado en las primeras etapas de su vida, tales como la infancia, preadolescencia y adolescencia.

Cada etapa del crecimiento y desarrollo tiene sus propias características. Los padres y maestros deben conocerlas; así se evita humillar, lacerar, criticar y castigar acciones que son tan normales para la etapa de que se trate.

La capacidad de expresión del niño se ha visto limitada constantemente, tanto en el hogar, como en la escuela; luego se le pide que lea, escriba, piense, hable, redacte y otros imperativos que se escuchan por doquier; pero los resultados no se obtienen. Hoy el niño es un inepto, un torpe, un bueno para nada. Las exigencias del adulto superan muchas veces su capacidad de hacer, abstraer, inferir, sintetizar, construir, redactar, leer, escribir. Se le pide a un niño que haga lo que un adulto promedio jamás hará en su vida, no por impericia o negligencia, sino porque la instrucción recibida le ha moldeado para actuar así; por tanto, el ciclo de desfachatez se repite aunque pase desapercibido. La contradicción formal del pensamiento humano se hace evidente.

Uno de los filósofos más conocidos de la antigüedad, dijo: “más importante que la ciencia de gobernar al pueblo, es la ciencia de educar a la juventud”; sin el ánimo de criticar a Platón, es necesario reflexionar sobre las investigaciones realizadas posteriormente, pues la información que se maneja en la actualidad es que la personalidad de un individuo se forja en la infancia; es decir en sus primeros siete años de vida. Lo anterior implica que el filósofo cuyo pensamiento se comenta, al hablar de la juventud tenía presente que la educación inicia a muy temprana edad; por tanto, para evitar confusiones en el volátil pensamiento de la humanidad, lo mejor era decir: “más importante que la ciencia de gobernar al pueblo, es la ciencia de educar a la niñez”.[1]

Investigaciones realizadas demuestran que las primeras etapas de vida influyen en la actitud hacia el proceso de aprendizaje; en el concepto que el niño se forma de sí mismo y  en la   capacidad para formar y mantener relaciones sociales y emocionales en el futuro.

Por otra parte, pasada la etapa de la infancia llega la adolescencia[2]. Ésta no produce cambios radicales en la capacidad intelectual, sobre todo para resolver problemas complejos, sino que se desarrolla de manera gradual. Jean Piaget[3], por su parte, determinó que la adolescencia es el inicio de la etapa del pensamiento de las operaciones formales (pensamiento que implica una lógica deductiva), asumiendo que ésta ocurriría sin importar las experiencias educativas o ambientales del entorno de cada individuo. Los datos de las investigaciones posteriores no apoyan esta hipótesis y muestran que la capacidad de los adolescentes para resolver problemas complejos está en función del aprendizaje acumulado y de la educación recibida en fases anteriores.

Lo expuesto en estos apartados indica que la niñez es la etapa que determina el comportamiento en etapas futuras.

Cuanta razón tenía Pestalozzi, cuando defendía la individualidad del niño y consideraba como una necesidad la preparación del maestro para desarrollar integralmente a sus alumnos. Lo que también debe hacerse extensivo también a los padres, pues los primeros años de vida de sus hijos están en sus manos, gracias a la bendita voluntad de Dios, quién se los ha dado como una herencia, como un premio o galardón.

Como padre y maestro estoy consciente de los errores cometidos. La ignorancia, la falta de control, los prototipos existentes en la sociedad y otros de igual o peor magnitud hacen caer a los adultos en acciones que devastan la naturaleza del ser niño.

Las lágrimas como perlas preciosas se deslizan suavemente por las mejillas de los niños. Niños que gimen, lloran o ahogan en su pecho y en silencio, el sufrimiento que un padre o una madre le provocan. El daño moral y psicológico al que son sometidos los niños del mundo no tiene perdón. Sin embargo, a Dios le pido sabiduría que ilumine el sendero por donde camino, para que con sigilo y prudencia instruya a mis hijos; para que con amor y ternura limpie las lágrimas de dolor y sufrimiento de los niños a quienes tengo el privilegio de formar; para que respete las leyes del proceso natural de su desarrollo[4].

Si bien es cierto, los psicólogos han elaborado toda una teoría sobre el desarrollo de la personalidad y sin menospreciar sus estudios e investigaciones, es necesario afirmar que la vida es simple, sencilla y sin mayores complicaciones. La naturaleza no se equivoca, mucho menos confunde. Las teorías otrora consideradas ciertas se esfuman para dar paso a nuevos conocimientos, pero el ser niño, es hoy, mañana y siempre sin importar la teoría que se encuentre vigente. Ello no es óbice para que los adultos nos instruyamos. Lo importante es que se entienda y se respete cada etapa del desarrollo evolutivo del ser.

La naturaleza es un libro abierto. El agricultor lo entiende. En un primer momento deshierba el terreno, luego lo surca, siembra; espera el momento de la germinación; posteriormente abona las plantitas, les limpia de las malezas una o más veces; les deja crecer; hasta que por fin, los frutos esperados se obtienen. El agricultor no siega, sin antes sembrar.

Los índices criminológicos existentes en la sociedad tienen su origen en la inescrutable ley de causa y efecto. La forma en que se instruye a la niñez y adolescencia, repercute de manera negativa en conductas que son desaprobadas por la sociedad; pero se olvida que lo que el hombre está sembrando, eso también cosechará.

Las conductas indeseadas y delictivas son sancionadas por la sociedad. Distintos grupos sociales abogan por el endurecimiento de las penas; incluso hay algunos que se pronuncian a favor de la pena de muerte. La pena sigue considerándose como un castigo en los umbrales del tercer milenio. No se abordará a profundidad la “teoría de la pena”; baste recordar lo que a la letra dice la Constitución de la República de El Salvador del año 1983, en su artículo 27 inciso 3°, el cual se transcribe a continuación:

“El Estado organizará los centros penitenciarios con objeto de corregir a los delincuentes, educarlos y formarles hábitos de trabajo, procurando su readaptación y la prevención de los delitos”.

Constitucionalmente se establecen los fines de la pena, tales como educar, habituar al trabajo, readaptar y prevenir delitos.

La sed de venganza por el oprobio causado por los que infringen la ley, hasta cierto punto es tolerable. Todos nos consternamos cuando vemos los atroces crímenes cometidos con lujo de barbarie. Lo que es totalmente intolerable es la exigencia de una conducta para la que no se preparó a la juventud; conducta de la que los padres, los maestros, el Estado, los medios comunicación, los programas de televisión, los juegos electrónicos y la sociedad en general ha propiciado. Sencillo no puedo exigirle a mi hijo que repare un electrodoméstico, si jamás ha recibido instrucción electrónica. No puedo exigirle a un estudiante que escriba un ensayo, una crónica o una novela, si como docente jamás lo he hecho; eso es un insulto a la inteligencia humana.

Los artículos 34 y 35 de la Constitución citada anteriormente, siguen diciendo:

“Todo menor tiene derecho a vivir en condiciones familiares y ambientales que le permitan su desarrollo integral, para lo cual tendrá la protección del Estado, quien garantizará la salud física, mental y moral de los menores, lo mismo que el derecho de éstos a la educación y a la asistencia”.

Lo que vemos a diario está muy lejos de reflejar el espíritu constitucionalista. Ni los padres, ni los maestros, mucho menos el Estado y la sociedad comprenden las implicaciones de su negligencia e impericia.

La reflexión y todo lo escrito nos lleva a concluir que Pitágoras, en su afán de defender a los que cometían algún delito; consternado a lo mejor por lo duro de las penas; e ideologizado  por la concepción que se manejaba de éstas, pues eran vista como castigo; dijo: “educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.

Sin embargo, nos damos cuenta de que es todo lo contrario. Y sin el ánimo de juzgar a Pitágoras, hoy debe decirse:

“Educad a los hombres para que no castiguen a los niños”.

Ni la erudición, ni la filosofía, mucho menos la teología son mi campo; pero deseo tener mi conciencia tranquila, por lo que a Dios imploro:

“Perdóname, ¡Oh, Dios misericordioso, porque no sé lo que hago, leo o escribo! ¡Oh, Dios de la luz; líbrame de las tinieblas de la ignorancia! No quiero riquezas, sino sabiduría para contribuir con la iluminación del mundo”.



[1]La infancia es considerado por algunos estudiosos como el periodo comprendido entre el momento del nacimiento y los 12 años, aproximadamente. Consideran que esta período de la vida es fundamental en el desarrollo, pues de él va a depender la evolución posterior. Las características relacionadas de manera primordial con esta fase son: las físicas, motrices, capacidades lingüísticas y socioafectivas.

[2]La adolescencia se define como la etapa de maduración entre la niñez y la condición de adulto. El término denota el periodo desde el inicio de la pubertad hasta la madurez y suele empezar en torno a la edad de catorce años en los varones y de doce años en las mujeres. Las edades varían según las características individuales y las diferentes culturas. Lo que debe asumirse es que es un período de tiempo en que los individuos necesitan considerarse autónomos e independientes socialmente. 

[3]En sus investigaciones diferenció cuatro estadios del desarrollo cognitivo del niño, que están relacionados con actividades del conocimiento como pensar, reconocer, percibir, recordar y otras. En el estadio sensoriomotor, desde el nacimiento hasta los 2 años, en el niño se produce la adquisición del control motor y el conocimiento de los objetos físicos que le rodean. En el periodo preoperacional, de los 2 a los 7 años, adquiere habilidades verbales y empieza a elaborar símbolos de los objetos que ya puede nombrar, pero en sus razonamientos ignora el rigor de las operaciones lógicas. Será después, en el estadio operacional concreto, de los 7 a los 12 años, cuando sea capaz de manejar conceptos abstractos como los números y de establecer relaciones, estadio que se caracteriza por un pensamiento lógico; el niño trabajará con eficacia siguiendo las operaciones lógicas, siempre utilizando símbolos referidos a objetos concretos y no abstractos, con los que aún tendrá dificultades. Por último, de los 12 a los 15 años (edades que se pueden adelantar por la influencia de la escolarización), se desarrolla el periodo operacional formal, en el que se opera lógica y sistemáticamente con símbolos abstractos, sin una correlación directa con los objetos del mundo físico.

 

[4]Las leyes que regulan las transiciones en las diferentes etapas del desarrollo también deben identificarse. Las principales teorías evolutivas son la teoría freudiana de la personalidad y la de la percepción y cognición de Piaget. Ambas explican el desarrollo humano en la interactividad de las variables biológicas y ambientales.